Bogotá nunca duerme. Entre el humo de los buses y el destello del neón, alguien siempre busca
un lugar donde olvidar el ruido del día.
Y una vez, en el corazón de esa fiebre nocturna, existió Kaputt.
No era solo un club: era una frecuencia. Un refugio para quienes bailaban con los ojos cerrados,
como si cada golpe de bajo pudiera rehacer el mundo.
Es hora de empezar tu historia, Simón.