El camino lleva a una bodega abandonada. Entre los muros descascarados todavía se leen trazos de pintura fluorescente y frases casi borradas: “No hay fe sin ruido”.
Allí, Simón recuerda a Lucía, la artista visual que hacía proyecciones sobre el humo del club.
Ella decía que cada beat era una plegaria.
Simón revive esas imágenes, pero algo en la memoria se siente roto: no todo está claro, como si la ciudad misma tratara de borrar lo que pasó.
LA INTENSIDAD SIEMPRE DA FRUTOS